La vida en el pueblo

Dejarlo todo para empezar de cero, dejar la ciudad en busca de paz y de aire limpio, de tranquilidad, es una decisión difícil de tomar y si a ello le sumas cambiar de país y de continente para buscarte la vida en un pueblo, la aventura suena más vertiginosa.

Después de cinco años viviendo en Santiago de Chile hemos decidido empacar maletas, lo que puede caber en las maletas después de tantos años, y subirnos al avión con rumbo a España, a un pequeño pueblo a orillas del cantábrico, una villa marinera tradicional.

La primera parada en casa de un familiar, en donde nos dejaron una habitación mientras nos ubicamos, ya os imaginaréis una habitación, seis males y dos personas, todo un reto tener las maletas hechas por muchos días sin caer en la tentación de pillar un autobús y seguir de viaje.

El primer paseo obligado en Santoña es por el pasaje a la orilla de la mar, hincharse los pulmones de aire marino, sentir la brisa en el rostro, y ver la gente caminar sin prisa ¡sin prisa! Eso es no tiene precio.

El pueblo tiene vidilla, más de 140 bares, un reto a plantearse sería conocerlos todos, carnavales en febrero, la fiesta local en marzo, las fiestas de la anchoa y la Virgen del Puerto en septiembre, para rematar el verano.

A todo se llega caminando, qué poco extraño el metro atestado de gente, los autobuses antihigiénicos de Santiago o los episodios de contaminación. La playa está a cuatro calles, el ayuntamiento a dos, la librería a media calle, los bancos en la plaza, puedes hacer los recados del mes en un día, la capital provincial está a 40 minutos en coche, un paraíso de la movilidad.

Todo está dado para salir a pasear, correr o montar en bici, si el clima lo  permite, paisajes increíbles, aire fresco, gente amable, mar, montaña, valles pasiegos, ya os iré contando más de la tierruca, como le llaman aquí.

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